Pablo Martín Sánchez, "El Subrayado es tuyo"

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Pablo Martín Sánchez


Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender
mi lenguaje?
Jorge Luis Borges

Imaginemos a un lector leyendo al anochecer. Supongamos que el lector eres tú, estirado en la cama; y el texto que lees, La biblioteca de Babel, de Borges. Pongamos que lo lees una vez y te cuesta entenderlo. Aceptemos que lo relees y empiezas a descifrarlo. Coges un lápiz por si te apetece señalar algún pasaje importante para la comprensión del texto, y no tardas en subrayar la primera frase, que aparece curiosamente en nota a pie de página: basta que un libro sea posible para que exista. Se está haciendo tarde y deberías ir pensando en apagar la luz e intentar dormir, pero no puedes resistir la tentación de emprender una nueva lectura. Esta vez subrayas dos frases, que te parecen tanto o más significativas que la primera. Una nueva lectura te sorprende con sentidos ocultos que no habías llegado a imaginar. Continúas releyendo y subrayando. Bien entrada la madrugada, caes rendido de sueño y el lápiz se desliza entre tus dedos, repiqueteando en las baldosas.

A la mañana siguiente te despiertas sudando y te sorprende descubrir el libro de Borges tirado en una esquina de la habitación, sin entender muy bien cómo ha podido llegar hasta ahí. Te duchas rápidamente y te vas a trabajar, olvidando el frenesí nocturno. Por la tarde vuelves a casa, te quitas los zapatos y te estiras en el sofá tras encender el televisor. Te quedas adormecido. Al despertar, recuerdas el cuento de Borges y entras en tu cuarto: el libro continúa tirado en el rincón y el lápiz a los pies de la cama. Inicias una nueva lectura y te sorprende comprobar que la noche anterior no habías entendido absolutamente nada: cada frase que lees te parece un descubrimiento, y te resulta difícil parar de subrayar.

Supongamos que al cabo de una semana has leído el relato de Borges más de treinta veces y está tan subrayado que no tiene ya sentido continuar haciéndolo; llega un momento en que apenas quedan por subrayar algunas frases sueltas. Las lees y te das cuenta de la importancia que tienen, a pesar de su aparente trivialidad (o quizá precisamente por ella). Las subrayas, sonriendo irónicamente. Pero te parece que aún no has agotado todos los sentidos que el texto encierra y la verdad es que te apetece continuar leyéndolo. Emprendes una nueva lectura y no tardas en descubrir una excelente frase que te gustaría remarcar. Como subrayarla por segunda vez te parece poco elegante, decides borrar el subrayado anterior, de manera que la frase resalte sobre el resto. A partir de entonces, empiezas a borrar los pasajes interesantes.

Imaginemos que continúas leyendo y borrando hasta que sólo queda una frase subrayada. Supongamos que la frase que queda es: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo entonces aceptas que ya puedes dejar de leerlo; y reconoces que no sabes si has estado en el cielo o en el infierno.




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